domingo, 15 de enero de 2012

¿De dónde partimos?


En clave de puta, pretende entablar un diálogo en torno a la prostitución y sus principales problemáticas con los conceptos de redistribución y reconocimiento elaborados por  Nancy Fraser.

Reconocemos que la prostitución es un fenómeno complejo, que al interrelacionarse con otros factores como la inmigración, las condiciones en que se ejerce, el contexto socioeconómico, etcétera genera una gran diversidad de experiencias, por lo cual no es posible elaborar un análisis simplista que de como resultado conclusiones absolutas. Por el contrario, este espacio busca tomar en cuenta dicha diversidad así como elaborar un análisis libre de estereotipos y que ponga el acento en los relatos, experiencias y demandas de las propias mujeres. 

Partimos de la idea de que la prostitución es un espacio en el que comúnmente se reproducen y legitiman los roles tradicionales de género, así como las significaciones hegemónicas en torno al cuerpo y la sexualidad. Sin embargo un análisis más fino permite reconocer que mediante la resignificación y apropiación que hacen algunas mujeres de esta actividad puede ser también un espacio generador de empoderamiento, autonomía y resistencia.

lunes, 9 de enero de 2012

1. "Me llaman puta" Un problema de redistribución.

La prostitución es un fenómeno complejo que encierra múltiples realidades y experiencias, lo cual ha dificultado que las distintas corrientes feministas lleguen a consensos  para comprender, proteger y atender a las mujeres que la ejercen. Pese a ello, las distintas perspectivas reconocen entre las causas de la prostitución la injusticia económica, la feminización de la pobreza y la distribución desigual de los recursos como condiciones que en definitiva sitúan a las mujeres en posiciones de mayor riesgo, vulnerabilidad y marginación social.

La pobreza, es una de las principales condiciones que influye en el ejercicio de la prostitución, en cuanto implica altas demandas económicas al ser las mujeres quienes generalmente asumen la jefatura de hogar. Paralelamente, las desigualdades limitan las posibilidades de las mujeres para capacitarse y para acceder a empleos con mejores condiciones laborales, de manera que la mayoría de los empleos que encuentran las mujeres son mal remunerados, desregularizados, sin prestaciones sociales o con escasa protección laboral, como el servicio doméstico y el cuidado de niños, niñas y/o de personas mayores. Esta precarización laboral se profundiza para las mujeres inmigrantes, en especial para las que no han podido regularizar su estancia en España, pues las políticas cada vez más represivas y la estigmatización social, limitan aún más su inserción laboral.  La falta de oportunidades puede explicar la prevalencia de mujeres inmigrantes en la prostitución.

El reconocer que la prostitución es para las mujeres una alternativa laboral que les permite atender sus necesidades y demandas económicas, no excluye la urgente necesidad de que los Estados formulen e implementen políticas que garanticen la igualdad de oportunidades para que las mujeres independientemente de su procedencia, edad, clase y raza; puedan acceder a posibilidades educativas y laborales que favorezcan la vida digna. Esto supone una reflexión sobre la necesaria redistribución de la riqueza que permita la garantía de los derechos humanos, en especial de los sectores sociales que han sido históricamente marginados y excluidos de los beneficios sociales.



domingo, 8 de enero de 2012

2. Los cautiverios de las mujeres: Un problema de reconocimiento.

Además de reconocer que la prostitución implica una injusticia económica, es importante señalar que la prostitución también está íntimamente relacionada con las construcciones y demandas  socioculturales sobre las mujeres, su cuerpo y el ejercicio de su sexualidad, de manera que también supone un déficit de reconocimiento.

Al respecto, autoras como Lipszyc, resaltan entre las causas culturales que sustentan la prostitución, los imaginarios y prácticas sexuales, pues históricamente, el ejercicio de la sexualidad y del erotismo ha sido objeto de control, ordenamiento y sanción.  De tal modo, se trata de una sexualidad y un erotismo construidos para reproducir una sociedad y una cultura cifradas, jerarquizadas y organizadas por el orden patriarcal a partir de prohibiciones de carácter social. Éstas se han naturalizado y legitimado para permitir el control político, lo cual desemboca en múltiples demandas y exigencias tanto a hombres, como a mujeres; que en su mayoría confieren privilegios masculinos y opresiones a las mujeres y a las minorías homosexuales (Lagarde, 1997).  A pesar de las transformaciones culturales que se han dado, autoras como Osborne, señalan la prevalencia de un modelo cultural en el respecto a la sexualidad, se considera central la satisfacción del deseo sexual masculino, como una demanda que debe ser satisfecha, mientras que las mujeres deben poner su sexualidad en función del placer del otro.

En relación a las trabajadoras del sexo, es importante señalar que culturalmente se ha construido un relato que les confiere el carácter de objeto erótico, por lo que su cuerpo se ve como un fetiche en función del placer masculino, convertido en objeto de consumo que puede ser sometido y mercantilizado.  De manera que las mujeres que ejercen la prostitución pueden ser significadas como cuerpo y sexualidad para otros, pero a la vez criticadas porque con sus prácticas cuestionan la sacralización del cuerpo, del erotismo y de la sexualidad.

Es aquí donde aparece la estigmatización de las trabajadoras del sexo como una “defensa social” frente a los sujetos que rompen y cuestionan las normas morales, sexuales y eróticas por medio de las cuales se definen los marcos de lo bueno, lo malo, lo puro, lo contaminado, lo apropiado, lo peligroso, el pecado, y finalmente, lo que merece ser castigado, perseguido, cuestionado, invisibilizado y rechazado públicamente. Esta estigmatización es muy preocupante, pues tiene como consecuencia la invisibilidad de las mujeres, así como su marginación social, persecución y el ejercicio de múltiples violencias que han llegado inclusive al asesinato y la tortura (Al respecto el colectivo Hetaria ha denunciado el sistemático asesinato de trabajadoras del sexo en España) .


Video "La hipocresía del deseo"
Documental que muestra y denuncia la contradicción de una sociedad que por una parte promueve el consumo sexual, y por otra parte, victimiza, criminaliza e invisibiliza a las trabajadoras sexuales de la calle.






sábado, 7 de enero de 2012

3. Las múltiples violencias que afectan a las mujeres que ejercen la prostitución.

Todas las reflexiones en torno a la prostitución deben ser situadas y contextualizadas, de manera que no se reduzca la diversidad de experiencias. En esta medida, autoras como Montero y Zabala plantean la importancia de diferenciar entre la prostitución forzada y la voluntaria, así como tener en cuenta los escenarios en los que se ejerce y las características particulares de las trabajadoras sexuales.

Cuanto hablamos de prostitución forzada, hacemos referencia al tráfico de personas por medio del cual las mujeres son esclavizadas para ejercer la prostitución. En estas condiciones, las mujeres son privadas de su libertad, son objeto de vigilancia y de violencia sistemática, por lo que se les restringe el derecho a decidir sobre su cuerpo y proyecto de vida. Tal como lo denuncia el Colectivo Hetaria, el tráfico está dirigido fundamentalmente a mujeres, niños y niñas y es controlado por mafias que cuentan con la complicidad de las instituciones públicas.

Este no es el único riesgo que corren las mujeres que ejercen la prostitución, pues independientemente de si la prostitución se ejerce de manera forzada o voluntaria, todas corren el riesgo de ser violentadas, por lo que sistemáticamente son objeto de maltrato, menosprecio, abusos económicos y sexuales por parte de clientes, fuerza pública y la sociedad en general. Así mismo, la estigmatización de la prostitución ha promovido inclusive prácticas de persecución y exterminio. 

La sobreexplotación es una constante,  lo que significa que al no serles reconocidos sus derechos laborales y garantizar la vigilancia de su cumplimiento; las mujeres ejercen la prostitución en condiciones alarmantes: deben afrontar horarios extenuantes, muchas veces son obligadas o presionadas a trabajar sin protección, ni cuentan con seguridad social.  Frecuentemente, las trabajadoras sexuales son sobreexplotadas por los dueños de los clubes y  proxenetas, por ejemplo las mujeres inmigrantes deben pagar varias veces los gastos de su ingreso a España y en algunos casos se les retiene su documentación hasta “pagar su deuda”.

Además las trabajadoras sexuales tienen muchas dificultades para acceder a servicios sociales, sanitarios y jurídicos, por lo que se ven desprotegidas frente a los abusos de los que son objeto. Es especialmente preocupante la indefensión que experimentan cuando desean denunciar los abusos y la violencia sexual, por ejemplo. 


viernes, 6 de enero de 2012

4. El reconocimiento como alternativa.

Existen diversas posturas en torno a la prostitución, presentaremos principalmente dos posturas: la abolicionista y la reglamentarista. Ambas coinciden en la necesidad de apoyar a las mujeres que estén forzadas a ejercer la prostitución y desarticular las mafias existentes.

Las abolicionistas buscan “Garantizar la integridad de las mujeres que superviven en la prostitución ofreciendo medidas de protección y de integración social”. Con lo cual pretenden deslegitimar y eliminar el consumo sexual de las mujeres a partir de la desarticulación de la industria del sexo y del proxenetismo. Por lo tanto, apuestan por desmontar y cuestionar las prácticas de los “clientes” a quienes consideran prostituidores y responsables invisibles de la prostitución. Ha sido una postura ampliamente apoyada por el feminismo, sin embargo ha sido cuestionada por perspectivas como la reglamentarista que ha planteado las dificultades para eliminar la práctica de la prostitución, ha visibilizado que este oficio puede ser una opción laboral legitima para algunas mujeres y ha denunciado que las medidas que intentan abolir la prostitución, tiene graves consecuencias para las trabajadoras sexuales, promoviendo mayor ilegalidad y empeorando su situación.

Desde el reglamentarismo, es necesario atender a las necesidades y demandas de las trabajadoras sexuales, por lo que la prostitución debe ser comprendida como una opción laboral legitima que debe ser reglamentada para que se ejerza en condiciones de legalidad y dignidad para las mujeres.  La apuesta es por el reconocimiento de las trabajadoras sexuales como sujetos de derechos y trabajadoras sexuales a las que les deben ser reconocidos y reivindicados sus derechos laborales. Al respecto Garaizábal  afirma “ nuestra alternativa pasa por descriminalizar la prostitución regulando las relaciones comerciales cuando implican a terceros, y reconocerles sus derechos como trabajadoras. Siendo fundamental que cualquier política que se desarrolle en este terreno cuente con la voz de las propias prostitutas”. Con lo cual se está reivindicando que las trabajadoras sexuales puedan participar en procesos organizativos en los que construyan vínculos y solidaridades para buscar la transformación sociocultural de los imaginarios que las estigmatiza y de las practicas que las vulneran. Estos procesos organizativos reivindican la autonomía y la autodeterminación de las trabajadoras sexuales, promueven miradas críticas frente a la exclusión y la estigmatización como factores que profundizan la situacion de las mujeres, para dar paso a la manifestación de nuevas identidades y ciudadanías, incluyendo así, formas alternativas de percibir el cuerpo, la diversidad sexual, el género entre otras. 


Manifestación en Madrid por la legitimidad de la actividad de las prostitutas.
"Alrededor de un centenar de personas, la mayoría de ellas prostitutas, se han manifestado en Montera, una calle en la que habitualmente ejercen esta actividad, hasta la Puerta del Sol".



"Lo interesante en el caso de Francia es que el foco se pone en los hombres. No solamente como clientes, sino también como víctimas de valores culturales que durante siglos les han metido a punta de clichés; argumentando que son incapaces de establecer vínculos de intimidad, de controlar y gozar su sexualidad sin ejercer violencia o cosificar a otra persona para poder tener un encuentro erótico".



jueves, 5 de enero de 2012

5. No soy víctima, soy puta.

La percepción de las mujeres que ejercen la prostitución como víctimas es la mayoritaria dentro de las corrientes feministas, para dicha postura estas mujeres se encuentran indefensas ante una realidad ya sea elegida u obligada, al concebir dicha actividad como una forma más de violencia de género. Sin embargo, esta visión simplifica la multiplicidad de experiencias y contextos en que se ejerce la prostitución, y niega la posibilidad de libre elección y autodeterminación de las mujeres que llevan a cabo su labor sin imponerse ningún estigma, más allá del que le adjudica la sociedad.

Una de las causas de la definición de la prostitución como un proceso de explotación la encontramos en la valoración moral o juicio que se hace de ella.
La ideología patriarcal ha creado simbólicamente dos tipos de mujeres, “buenas” y “malas”. De las primeras se espera que sean recatadas, que controlen el deseo sexual propio y el del varón, es decir, que su sexualidad se mantenga “invisible”,siendo la masculina la protagonista, tanto en el ámbito público como en el privado. Por el contrario, las “malas” se autodeterminan sexualmente, exponiendo y eligiendo libremente su deseo, sin someterse a los baremos marcados y esperados por el resto.

De este modo, para evitar la victimización y estigmatización de la prostitución es necesario deconstruir totalmente la valoración social y los modelos estereotipados que se tienen de la figura femenina y su sexualidad.







miércoles, 4 de enero de 2012

6. Stop estigmatización, sí al reconocimiento.

La estigmatización que sufren las mujeres que ejercen la prostitución viene dada por la estructura patriarcal de nuestra sociedad que marca nuestros valores, la cual se posiciona como instrumento controlador de la sexualidad femenina, estigmatizando y calificando de putas a aquellas mujeres que destacan por no adaptarse al imaginario de “mujer buena”. Por tanto, la prostituta representa en la conciencia colectiva y, más aún en la femenina, lo prohibido; simbólicamente habría un límite que una mujer nunca puede traspasar si no quiere que se la considere indigna.

A las prostitutas se las considera “mujeres malas” porque manifiestan su sexualidad abiertamente, sin reparos, del mismo modo que lo hacen los hombres, afirmando que la tienen, que pueden disfrutar de ella e incitando a los hombres y por la independencia económica y sexual que proporciona ser trabajadora sexual, lo que provoca una ruptura de la estructura patriarcal. También se les asigna esa calificación porque tienen libertad de negociar tanto el servicio que van a prestar como el precio por él (una vez más, la libertad organizativa de la mujer rompe ciertos patrones de la sociedad patriarcal); porque son transgresoras pues incumplen y rechazan las normas y valores impuestos que se supone que deben cumplir las mujeres.

Sin embargo, lo que más se castiga, tanto simbólicamente como materialmente, es el hecho de que perciban dinero por mantener relaciones sexuales. Se entiende que la mujer siempre ha de estar dispuesta ante la reclamación sexual del varón. Por tanto, la fijación de una cantidad económica  fijada previamente de forma libre, rompe con el rol patriarcal pues cuestiona su propia estructura.

Si consideramos que las mujeres que ejercen la prostitución son trabajadoras sexuales, debemos eliminar la figura de puta como eje identitario de las mismas, ya que es una variable más, puesto que no sólo son trabajadoras sexuales, sino que también madres, ciudadanas, hermanas, etc. Este estigma implica que se sitúen en una posición de marginalidad y juicios de valor por parte de la sociedad, evitando. De esta manera, se les niega el reconocimiento como trabajadoras y como ciudadanas. Es necesario eliminar la criminalización de la actividad, ya que esta cuestión solo provoca una continua persecución y la precarización de sus condiciones.

Manifiesto por los derechos de las prostitutas.

El ejercicio de la prostitución, en nuestro país, no constituye un delito. Pero quienes la ejercen, paradójicamente, no tienen reconocidos sus derechos. Más aún, en ciudades como Madrid y Barcelona, están siendo acosadas y hostigadas por Planes y Ordenanzas especiales de ambos ayuntamientos. A las prostituidas que captan su clientela en la calle y que son el sector más vulnerables de ellas se les están negando derechos elementales como el de circular libremente o el respeto a su dignidad, empeorando aún más su situación.


Trabajadoras sexuales exigen respeto a sus derechos humanos.